Gran capital y política

Hugo Gutiérrez, Diputado Partido Comunista

 

Cualquiera podría pensar que quien escribe -por su actuar, trayectoria y militancia-  tendría que referirse de manera sátira y feroz a la relación entre política y empresariado. Lamento defraudarlos, pero no. ¿Por qué no? Porque para escribir hay que saber leer, y lo que se me ha pedido es deliberar en mil palabras sobre  política y empresariado y no sobre políticos y empresarios, ni menos sobre política y economía.

 

Bajo aquel condicional, lo primero a despejar es que la política, entendida como actividad o campo de acción, es arena de disputa permanente. Lo segundo, es que el empresariado, como conjunto de empresarios, es una agente que se debe reconocer y aceptar en el espacio de la trifulca política. Tercero, se debe tener la claridad de que un sector del empresariado es el antagonista principal de los intereses de otros agentes, como las medianas y pequeñas empresas, los trabajadores y trabajadoras, los que a su vez, actúan en la disputa política también mediante otras identidades, como ciudadanos, vecinos, ecologistas, consumidores, etc.

 

Aquel empresariado, el antagonista principal, es lo que comúnmente denominamos el gran capital, foráneo o nacional, que demanda una creciente sobreexplotación de los trabajadores, que le arrebata al pueblo los derechos adquiridos en décadas de lucha y que posee las principales riquezas naturales de nuestro país, entre ellos, el cobre, los bosques, el agua y el mar. Es un empresariado que, aún hoy, no duda en lesionar los derechos humanos y restringir más la democracia para dar rienda suelta al afán de apropiarse del excedente que genera toda la sociedad.

 

Los grupos económicos del gran capital han acumulado inmensos patrimonios, cuyo origen está en la apropiación fraudulenta, durante la dictadura e inicios de la transición, de empresas que constituyeron parte importante del patrimonio del país, cuyo espectro diversificado de funciones opera hoy más allá de nuestras fronteras. El poder político del gran capital se ha venido perfeccionando y estructurando en una red supranacional, afín de la transnacionalización de la economía, cuya hegemonía está en permanente evolución. El Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP) es expresión de aquella incesante intentona por la unidad y globalización capitalista. El antagonista principal de las mayorías sociales no solo está presente en Chile sino también en Estados Unidos.

 

 

-El poder político del gran capital se ha perfeccionado y estructurando en una red supranacional, afín de la transnacionalización de la economía, cuya hegemonía está en permanente evolución-

 

 

 

El gran capital en Chile es minoritario pero influyente y aún sumamente dominante en la política, puede que en algunos casos tengan “representantes” o “lobistas” pero hay que destacar que el gran capital en nuestro país sigue siendo élite política y también élite militar. El empresariado al que nos referimos no solo es santificado como protagonista del desarrollo económico sino también como protagonista de la estabilidad política e institucional. Por eso es que hasta hace poco, se veía con naturalidad el financiamiento transversal de la política por parte de los grandes grupos económicos, lo que convierte al gran capital no solo en financista sino además en guía y guardián ideológico de las bases del modelo neoliberal. Por más de azares que de causas, hoy día aquello es sabido y rechazado por la ciudadanía, la que no está dispuesta a seguir permitiendo el engaño, ya que, aunque los financiados puedan pertenecer a distintos partidos la mano que mece la cuna es la misma. Como dice el dicho, “quien pone la plata pone la música”.

 

En Chile el modelo que ha construido y conservado el gran capital ha sido el de la democracia de baja intensidad o restringida, que limita la soberanía popular y excluye a la mayoría del ejercicio del poder. Por tanto, urge avanzar en una democracia real, nacional, popular y participativa. Al dotarse la ciudadanía y los trabajadores de herramientas y mecanismos de poder, de instituciones, de libertades y garantías democráticas, se están ampliando los márgenes de acción de los antagonistas principales del gran capital, lo que permitiría una confrontación política menos asimétrica. Igualmente observable ha sido la edificación, si bien diferenciada por rama, de un bloque gran capital que actúa y solidariza en conjunto a la hora de imponer su visión de mundo en la política y la economía.

 

Ampliar la democracia y articular un bloque político social de unidad de las fuerzas democráticas y progresistas son condición de posibilidad para la implementación de un proceso, donde la correlación de fuerzas sea favorable al cambio revolucionario, donde la política no sea monopolio ni tutela de poderes imperiales y empresariales y donde la lucha por la democracia se convierta en lucha por el excedente, con el que se construya el bienestar y la vida justa para todos y todas. En todo ello, la izquierda tiene un papel fundamental, negarse sería negar la disputa, negarse a la política y negar al empresariado como una sola clase. Durante la tramitación de las reformas los hemos visto actuar. Definitivamente hoy en política no es el periodo para guetos ni menos para autismos.

 

 
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