De la crisis política a la construcción de un proyecto democrático y popular

Carla Amtmann Fecci, parte de Nueva Democracia y presidenta Fundación Crea.

 

Plantearnos el problema de la táctica revolucionaria, y entrar en dicho debate y reflexiones, significa discutir sobre una pregunta no tan sencilla de responder: ¿qué hacer, qué pasos dar, cuando nos planteamos la trasformación radical del patrón de acumulación neoliberal y la lógica del capital que lo sostiene? Para ello, debemos asumir que la táctica política es un desafío móvil, dependiente de la realidad social, de la dinámica política y la forma en que se van desenvolviendo los acontecimientos y los actores; por lo tanto, lo más firme de una táctica, es lo que alberga en el centro, ya que sus márgenes son en gran medida, factores dependientes, la mayor parte de las veces, de condiciones externas. 

Es así que, nuestra táctica revolucionaria ha de albergar un horizonte, una comprensión de cómo se construye y sin duda también, los principios éticos que guían nuestros quehaceres y decisiones. La necesidad de la transformación del modelo actual de producción de riqueza y distribución del poder por uno nuevo, en el cual la sociedad, y no el capital, estén en el centro. La certeza que la tarea de construcción revolucionaria es por sobre todo un desafío organizativo y creativo, y que la fuerza decisiva y final no radica en ninguna otra parte ni herramienta que no sea en una fuerza popular mayoritaria y organizada que encarna ideas de cambios. Y que las labores más complejas vienen siempre tras los triunfos y no antes de ellos, y que por tanto, los principios de colaboración, control colectivo del poder, eficiencia y libertad creativa, socialización de los medios y de las decisiones, y la humildad y transparencia en la construcción de la militancia -y de un país-, son elementos que a nuestro parecer, se tornan ineludibles para cualquier táctica verdaderamente revolucionaria, la cual por bien elaborada o correcta que parezca, si carece de estos principios, puede ser un posible buen paso en un camino errado. 

-las labores más complejas vienen siempre tras los triunfos y no antes de ellos, y que por tanto, los principios de colaboración, control colectivo del poder, eficiencia y libertad creativa, socialización de los medios y de las decisiones, y la humildad y transparencia en la construcción de la militancia -y de un país-, son elementos se tornan ineludibles para cualquier táctica verdaderamente revolucionaria-

Ahora vamos a los elementos tácticos. 

Actualmente, estamos atravesando por una crisis de la política, que tiene por lo menos cuatro aspectos que a nuestro parecer la caracteriza. (1) Una crisis de la democracia representativa, ante la  incapacidad estructural para procesar demandas ciudadanas y anhelos de cambio social por parte de nuestras instituciones políticas, construidas precisamente para frenar cualquier transformación. (2) Un develamiento de la participación abierta del empresariado en la política: el incestuoso maridaje entre el dinero y el espacio público que, con los casos de corrupción ha dejado a la elite política y económica al desnudo, develando el interés particular por sobre el general en el accionar de la política y el gran empresariado chileno (3) Una crisis del modelo en términos materiales, que se evidenciada en la debilidad ascendente para sostener los pisos mínimos de garantías y seguridad social, despojados de la población que ahora debe autogestionarlos individualmente en el mercado, y que junto al endeudamiento, las bajas pensiones, y los deseos irresueltos tras el incumplimiento de promesas de este último periodo presidencial, se expresan en un malestar abierto contra el abuso. Y (4) Una crisis de la subjetividad neoliberal, abriendo paso a un proceso de politización de lo social, con expresiones colectivas – y no solo individuales- de descontento y deseos de cambios.

El problema es que esta crisis, y en específico el resquebrajamiento del consenso neoliberal y de la sumisión a la democracia de baja intensidad, puede no significar un cambio sustantivo a nuestra realidad nacional. De esta manera, la disyuntiva  más relevante que debemos resolver hoy es cómo lograr que este resquebrajamiento termine en cambio y no en una restauración. 

Para ello, los actores sociales que han sido parte responsable del resquebrajamiento y de la apertura de un nuevo ciclo político, son quienes tienen la principal responsabilidad de disponerse en la tarea de trabajar por aperturas democráticas por una parte, y procesos de fortalecimiento y levantamiento político-social, por otra, articulándose en términos programáticos, con los elementos que se derivan del enfrentamiento al neoliberalismo y a la democracia restringida. 

Una crisis política que no posibilite el surgimiento de un nuevo proyecto distinto al hegemónico, no terminará nunca de manera favorable para los cambios en beneficio de los sectores populares y las mayorías. Por ello, la construcción de un proyecto político, enraizado en las demandas sociales de cambio, capaz de romper con el duopolio, pero principalmente, que rompa con el consenso que, resquebrajado, aun es dominante, es la tarea central que nos permitirá la construcción de un escenario de cambio que sea más proclive para el avance de las demandas populares y la construcción de un movimiento que dispute la hegemonía nacional, y edifique nuestro país sobre nuevas bases sociales. 

-el resquebrajamiento del consenso neoliberal y de la sumisión a la democracia de baja intensidad, puede no significar un cambio sustantivo a nuestra realidad nacional. De esta manera, la disyuntiva  más relevante que debemos resolver hoy es cómo lograr que este resquebrajamiento termine en cambio y no en una restauración-

Para esta tarea, en la cual nos estamos jugando la posibilidad que el acumulado social y político de la última década perdure y de saltos, y no llegue a un final de marginalidad o cooptación, es fundamental levantar aquello que constituye el corazón de un proyecto: Fuerza e Ideas.  

Fuerza e ideas que encarnen las diversas luchas sociales y políticas críticas del neoliberalismo, de todos quienes hemos sido espectadores y hemos vivido en carne propia el despojo material neoliberal que mercantilizó diferentes aspectos de la vida social (salud, vivienda, seguridad social, flexibilización del trabajo, etc.), y que al mismo tiempo hemos participado de las respuestas sociales contra los ajustes neoliberales y sus distintas expresiones a lo largo del territorio nacional. 

No obstante, la experiencia nos señala lo insuficiente e ineficaz de una impugnación social que carezca de horizontes políticos concretos que sean capaces de construir un proyecto que integre lo social y lo político, articulando lo que el neoliberalismo quiso separar: política y sociedad.   

¿Cómo materializar entonces, en la realidad actual, la construcción de dicho proyecto? Hay un aspecto que nos da luces al respecto: el proceso de surgimiento de fuerzas “disidentes” o alternativas en todos los espacios relevantes de las organizaciones sectoriales con posibilidades reales hoy de dar avances sustantivos – CUT, Colegio de Profesores, Federaciones Estudiantiles, entre otros- y de nuevas expresiones emergentes dentro de los espacios de construcción política de izquierda. Este proceso, más que un sello generacional –aun cuando pueda tenerlo- expresa el surgimiento de la articulación político-social al alero de la crisis de la política que hemos enunciado. Ambas aristas de un mismo avance, indivisible en su expresión social, y necesaria de una articulación cada vez más profunda, representan un aspecto clave desde el cual se debe enfrentar la táctica a desplegar.

 

Este escenario, está generando avances reales para enfrentar la fragmentación y debilidad que tenemos los sectores de izquierda. No serán por ahora, las expresiones electorales conformadas en listas municipales los mejores reflejos del nivel de articulación existente, sino más bien el rendimiento de las expresiones político-sociales y la conformación de espacios que encarnen proyectos -fuerza e ideas- capaces de articular distintos sectores a nivel nacional, que antes se encontraban fragmentados.


Por ello, consideramos que la construcción de fuerzas partidarias que busquen, con este sentido, la articulación propia de proyectos nacionales con real enraizamiento, representa un avance sustantivo. Es así que nos hemos involucrado en la construcción de un domicilio partidario propio. Este esfuerzo, lejos de ser contradictorio, facilita la tarea de construir una fuerza centrípeta que, entendiendo la necesaria unidad en la diversidad, articule con otros y otras, la columna vertebral de un proyecto en sinergia con la diversidad de expresiones y colores que componen los espacios que se enfrentan a la hegemonía del capital, y que permita producir la fuerza e ideas colectiva requeridas. El nacimiento de un nuevo sector, de un nuevo proyecto de transformación, con las fuerzas emergentes -en términos político sociales, -no generacionales- son elementos que han de marcar la tarea. 

-la experiencia nos señala lo insuficiente e ineficaz de una impugnación social que carezca de horizontes políticos concretos que sean capaces de construir un proyecto que integre lo social y lo político, articulando lo que el neoliberalismo quiso separar: política y sociedad-

 


Y desde dichos espacios, debemos asumir: las disputas sociales para el fortalecimiento de las principales organizaciones del movimiento social (sindicales, federativos, entre otros); las luchas institucionales desde las cuales la acumulación electoral y el avance en espacios de gobierno son de gran relevancia para la construcción de una opción alternativa de fuerza; y el impulso de la movilización social como motor o matriz de cualquier transformación. 


Estas tareas no se hacen en seco, ni se construyen en frío, se hacen enfrentando juntos los desafíos que la coyuntura nos va presentando. Por tanto, la táctica resumida en el necesario quiebre del consenso neoliberal y antidemocrático con la construcción de un nuevo proyecto que se encarne en la fuerza y las ideas a través de una articulación con capacidad centrípeta entre domicilios políticos diversos pero claros en su unidad programática¸ para transformar el espacio duopólico, fortalecer los espacios de conducción sectorial, y articular niveles de activación social ascendentes, debe asumir que existen momentos políticos en este periodo que son claves: 
Las elecciones sectoriales que se cursarán en estos años a nivel sindical y estudiantil, que deben implicar el avance de los sectores transformadores. Las elecciones municipales, que más allá de un rendimiento nacional favorable, deben evidenciar que son realmente posibles nuevas formas de construcción política a lo largo de los distintos territorios del país. Las movilizaciones y activación social contra elementos sustanciales del “modelo chileno” como lo son los fondos de pensiones y la Constitución de 1980, liderados por movimientos contra AFPs y a favor de una asamblea constituyente, entre otros. Y también, la articulación para las elecciones del 2017, que poseen la potencialidad de abrir un escenario de mayores niveles de avance en términos de articulación política y de presencia en el poder legislativo nacional. 


Todo lo anterior debe impulsarse teniendo la claridad que son tiempos de definiciones, y que en ningún caso estos desafíos pueden ser realizados al alero de los sectores responsables de la mantención del modelo, ni con quienes son parte de la corrosión ética de la política. Ni con ellos, ni tampoco desde márgenes sectarios y autorreferentes, se podrá avanzar en este cometido. Para el cambio, y no la restauración, hoy las definiciones tácticas, por el momento que atravesamos,  encarnan más que en otras circunstancias, aires estratégicos. 

 
VOLVER AL INICIO