El sujeto no está dado

Gonzalo Winter, egresado de Derecho. Miembro dirección ejecutiva Movimiento Autonomista.

Decía Lenin que “cuando la mayoría del pueblo no quiere tomar el poder en sus manos, porque aún no lo comprende, la minoría, por revolucionaria e inteligente que sea, no puede imponer sus deseos a la mayoría del pueblo”1. Lo anterior no es una prerrogativa moral, sino que una constatación de algo que no se puede hacer porque no resulta. Organizar las tareas concretas para hacer viable un plan estratégico, requiere antes que todo de un actor constituido que esté a la altura de las condiciones de disputa que enfrenta. En otras palabras, de poco nos sirven las metáforas militares, si no tenemos un ejército. Por ello, cualquier táctica revolucionaria en un periodo en que la hegemonía del adversario sigue vigente,  sin perjuicio de su deterioro, pasa por constituir al pueblo como actor colectivo. Allí radica en buena parte la diferencia entre la política de los de arriba y la política de los de abajo; para éstos últimos, la construcción del sujeto político que va a dar la pelea es una tarea esencial. En el  actual escenario chileno hay síntomas de una desafección gravísima de la ciudadanía respecto de las instituciones, de nula credibilidad en el sistema democrático, de incapacidad de las elites de leer la situación y de deslegitimidad de las autoridades; sin embargo no parece una crisis definitiva de la hegemonía. A pesar de la completa falta de proyectos socialmente respaldados, las instituciones no están desbordadas y el modelo no se ve inmediatamente amenazado. Por ello, con mayor razón la necesidad de constitución de un actor colectivo capaz de convertir el malestar en crisis a todo nivel. Así, la táctica de las denominadas “fuerzas del cambio” en Chile debe pasar por su capacidad de señalar con claridad la frontera entre quienes producen el malestar y quienes lo padecen. En segundo lugar, debe ser capaz de generar un relato comprensible para vastos sectores de la sociedad que sea capaz de explicar el origen del malestar. Luego aquel relato debe presentar una alternativa política al statu quo,  y mostrar que el proyecto supuestamente socialdemócrata  de la concertación, ha renunciado a esta alternativa por intereses y voluntad política y no por problemas técnicos. Por último debe mostrar que la izquierda tradicional no ha sido capaz de señalar dicha alternativa o al menos no ha sido capaz de convocar a ella. Todos estos pasos suponen tremendas dificultades.

-organizar las tareas concretas para hacer viable un plan estratégico, requiere antes que todo de un actor constituido que esté a la altura de las condiciones de disputa que enfrenta (...) cualquier táctica revolucionaria en un periodo en que la hegemonía del adversario sigue vigente,  sin perjuicio de su deterioro, pasa por constituir al pueblo como actor colectivo-


La frontera entre quienes padecen el malestar y quienes lo generan, parece fácil de identificar, en un país en que el malestar se vive en carne propia; como dice la famosa  frase “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”. Pero muchas veces no es tan evidente como en ella aparece, dado que la hegemonía ha hecho su trabajo, y hasta el malestar puede ser naturalizado, presentado como inevitable. Si es inevitable o natural, no existe alguien que lo produce y por lo tanto se niega el carácter antagónico necesario para constituir un sujeto colectivo transformador.  Ello nos lleva a la clásica imagen del izquierdista tratando de convencer a quien ha identificado como sujeto revolucionario de la relación entre su condición de clase y la ideología que pregona, sin éxito la mayoría de las veces. La generación de una frontera capaz de dicotomizar un ellos y un nosotros, como agregación de demandas, corre el riesgo de transformarse en un vacío útil para la rearticulación del enemigo, cuando se es incapaz de plantear un proyecto político alternativo. En Chile, las veces que la agregación de demandas ha desbordado la institucionalidad y generado identidad, generalmente el escenario ha sido bien utilizado por la derecha a través de caudillos militares o civiles comprometidos con el capital (tal es el caso de la primera mitad del siglo XX). Además, adaptar en exceso la práctica comunicacional al relato que es compartido por las mayorías, supone el riesgo de la confusión, y de no distinguir entre el rechazo al sistema y el rechazo a sus excesos; ambos rechazos son distintos, producen efectos distintos y requieren planes políticos distintos.
 
El relato del malestar y el proyecto alternativo deben manifestar con claridad un orden social en que todos puedan ser parte del sujeto que lo construye, lo cual tiene un correlato negativo, el sujeto antagónico del que realizará el cambio social no cabe en el nuevo orden si no está dispuesto a ser parte del nuevo pueblo. Como señala la primera constitución surgida luego de la revolución haitiana (1805) “Necesariamente debe cesar toda acepción de color (....) a partir de ahora los haitianos solo serán conocidos bajo la denominación genérica de negros.” Pero  no todo es tan sencillo como estar dispuesto a ser negro o estar dispuesto a ser obrero en el siglo XIX cuando la condición de tal era realmente evidente. Quiero decir que -utilizando el ejemplo anterior- en chile, los negros no están necesariamente conscientes de serlo y hasta los blancos a veces dudan. Por ello es tan radicalmente necesario que seamos capaces de vincular nuestro discurso con una práctica, con un malestar, con una cotidianeidad verdaderamente tangible para la gran mayoría de explotados que habitan nuestro país, para que puedan hacer suya la construcción de un proyecto político alternativo. Sin dicho proyecto  político alternativo, todo el malestar acumulado, y aún conducido hacia la toma del poder, puede ser perfectamente inútil.
 
¿Pero hay acaso un orden correcto? ¿Es que no se debe intentar conducir el malestar mientras no haya un proyecto político alternativo claramente definido y compartido? O ¿es que se debe suspender la toma del poder hasta terminar dicha tarea?
 

-la conducción del malestar, señalando claramente su carácter antagónico, la construcción de identidad de un sujeto colectivo y el desarrollo de un verdadero proyecto alternativo, no parecen tener un orden correcto, sino por el contrario parecen todas necesitarse mutuamente-


Una de las cuestiones interesantes de los movimientos sociales que hemos visto en el chile de la última década es su efecto desindividualizador, crean redes de apoyo, enseñan a practicar la democracia, todo mientras hacen (intentan hacer) retroceder al mercado, cuyo principal efecto social es justamente la individualización. Eso nos lleva a pensar que los movimientos que desde la lucha social se enfrentan, o resisten al proyecto neoliberal, son un espacio propicio para forjar un sujeto que sea capaz de identificarse como protagonista del cambio. Sin embargo, pienso que dicho espacio no es suficiente y no es el único con dicho potencial.  No es suficiente porque mientras la dominación sea capaz de hacer que su concepción del bien común sea aceptada por la mayoría de la sociedad, esa mayoría no identificará necesariamente su malestar como consecuencia del proyecto neoliberal. Por esta y otras razones las luchas sociales sostenidas en el tiempo, salvo momentos excepcionales,  alcanzan a bajos porcentajes de la sociedad y muchas veces su capacidad de convocatoria  está subsidiada por la lucha ideológica que es capaz de masificarse, hoy en día, en espacios muy particulares. Es que requieren de un estado de consciencia del contenido antagónico y en el mejor de los casos político del malestar que lamentablemente, por ahora, no se propaga de un día para otro. Por ello, las luchas sociales de resistencia al neoliberalismo, la utilización de cargos institucionales, la conducción del malestar, señalando claramente su carácter antagónico, la construcción de identidad de un sujeto colectivo y el desarrollo de un verdadero proyecto alternativo, no parecen tener un orden correcto, sino por el contrario parecen todas necesitarse mutuamente. ¿Supone dificultades la utilización de cargos institucionales como método de acumulación para los subalternos? Si, uno de ellos, es la fetichización de estos, confundirlos con el poder mismo, y quedar condenados a administrar un modelo que no tenemos capacidad de cambiar. La historia de Chile debería bastarnos para no pisar esa trampa. Otro riesgo es que las tareas electorales del movimiento político consuman la totalidad de las energías militantes. Un tercer riesgo es que resulta en extremo difícil cambiar la estructura pretendidamente horizontal de funcionamiento y muchas veces peticionista, que tienen las luchas sociales, para dar paso a una estructura que sea útil para una política de incidencia en la institucionalidad. Pocos logran dar ese paso. Y muchos de los que lo dan, pierden su esencia en el camino. Pero tampoco hay que confundirse con esa diferenciación desmedida que niega la potencialidad para forjar sujeto colectivo que tiene el proceso de acumulación en la institucionalidad. Un conjunto de personas que se articulan para generar propuestas que les permitan mejorar sus vidas desgarradas por el neoliberalismo o en el mejor de los casos que generan propuestas para definitivamente hacer retroceder al adversario, y que luego de aquello se proponen disputar el sentido común de sus vecinas y vecinos en una elección, también están luchando. Y dicha lucha tiene también un alto potencial para construir tanto el proyecto político como la identificación de un sujeto colectivo transformador. Además en un país como Chile, el estado tiene al menos dos características que lo hacen ineludible para la lucha. La primera es que es casi imposible articular espacios fuera de sus dominios, de hecho el mercado que se ha metido en casi todos los aspectos de nuestras vidas está en todas partes tutelado por el estado. Y la segunda es que para nuestra sociedad, las leyes del estado siguen gozando de una legitimidad suficiente como para gobernar.

-si bien tenemos que lograr alcanzar la institucionalidad para ser fuerza de solución también comprendemos que esta resulta insuficiente si tan solo se  es una alternativa de gobierno  y no una voluntad general de construcción de una nueva sociedad-

En síntesis, parece razonable sostener que los procesos electorales sí son un espacio propicio para la acumulación política de los subalternos y que a su vez no se puede señalar la alternativa política a este statu quo que produce malestar sin apelar a dicho malestar. Entendemos que aquello requiere un movimiento político con la flexibilidad suficiente para moverse rápidamente en el escenario de crisis, comprendemos también que el mensaje se propaga a través de los medios de comunicación masiva, y que si bien tenemos que lograr alcanzar la institucionalidad para ser fuerza de solución también comprendemos que esta resulta insuficiente si tan solo se  es una alternativa de gobierno  y no una voluntad general de construcción de una nueva sociedad.

1 Lenin, Informe sobre las conclusiones de la VII Conferencia (de abril) de toda Rusia del POSDR(b) en la reunión de la organización de Petrogrado (8 de mayo 1917), t.25, p.354.

 
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