La izquierda y la estrategia unificada

Oscar Menares, abogado. Secretario de Relaciones Políticas de Izquierda Libertaria.

 

Es recurrente en el debate de la izquierda –aquella que no ha abandonado el objetivo estratégico del Socialismo- dar por sentado de que existen dos estrategias (reformista y revolucionaria) y es recurrente hablar de “la” táctica presuponiendo que ésta involucra una sola opción excluyente de las demás.

Lo cierto es que a la luz de los acontecimientos de los últimos 50 años se hace necesario abordar el problema de la estrategia desde una perspectiva histórica, y por tanto contextualmente situada en el presente. A raíz de ello sostenemos que la dicotomía entre estrategias “reformista y revolucionaria” así como “la táctica” en cuanto recurso unilateral, se encuentran superadas a raíz del desarrollo del proceso político chileno.


Campos estratégicos tradicionales

El proceso de transformación del Partido Obrero Socialista al Partido Comunista de Chile, atravesó debates estratégicos en sintonía con el devenir de la Tercera Internacional. Así la estrategia revolucionaria de “clase contra clase” adoptada por el Comintern en 1928, fue asumida por los comunistas chilenos hasta 1935, año en que la Internacional asume la estrategia de “frentes populares” de alianza antifascista con fracciones de la burguesía. Dicho cambio se vio alimentado por aportes de Hernán Ramírez Necoechea y Julio Cesar Jobet, quienes abordaron el atraso del desarrollo de las fuerzas productivas atribuyéndolo a las características feudales del régimen colonial, concluyendo a partir de ello la necesidad del desarrollo de un capitalismo industrial que hiciera posible la emergencia del proletariado.

Sin embargo, con el influjo de la revolución cubana y el trabajo historiográfico de Luis Vítale, fue posible que un sector de la izquierda retomara la estrategia autodenominada “revolucionaria”. Esta lectura se basó en la interpretación histórica que el proceso de conquista europea había sido clave en el proceso de acumulación originaria de capital; de manera que el desarrollo del modo de producción capitalista en América Latina involucraba su integración en la naciente división internacional del trabajo desde el inicio. Esta matriz de análisis, junto con la subsistencia de la tradición política trotskista y anarquista, la lectura del carácter esencialmente violento de las clases dominantes, y la existencia del bloque socialista permitió restablecer una estrategia basada en la posibilidad del paso del régimen capitalista al socialista por medio de un proceso revolucionario.

 

-los límites para el desarrollo de una estrategia no escapan de las condiciones históricas en que se desarrolla la lucha de clases; conclusión que opera tanto respecto de la estrategia “reformista” construida sobre la base del mito de la estabilidad democrática, como de la estrategia “revolucionaria” abundante en recursos discursivos pero carente de capacidad de implementación y de intervención en los niveles de decisión político-institucional-

La táctica en cada estrategia

Establecidos los campos estratégicos, ambos implicaron “vías” o tácticas diferentes enfocadas a sujetos distintos. En el campo “reformista” la táctica consistirá en la lucha institucional orientada a la conquista del Estado a partir de una alianza de clases que comprendía la pequeña burguesía y fracciones de la burguesía industrial con conducción de la clase obrera, para desde ahí impulsar una revolución democrática y anticolonial que hiciera posible la transformación -no solo de las instituciones- sino también de la base económica a través de un proceso de transición pacífico al socialismo, todo ello sustentado en el mito de la estabilidad del sistema democrático chileno.

En contrapartida el campo “revolucionario” sostuvo la necesidad de agudizar las contradicciones existentes en el campo de las fuerzas sociales que emergieron del fracaso del patrón de acumulación desarrollista; lo que implicaba radicalizar dicho tejido social a fin de tensionar la alianza de clases reformista para lograr el viraje de la clase obrera hacia el “polo revolucionario”. Ello permitiría acumular fuerza beligerante con el horizonte de la insurrección armada y proyectar la dualidad de poderes en ejercicios de poder popular.

Resulta evidente que con el triunfo de Salvador Allende, las posibilidades de construcción de una estrategia “revolucionaria” estaban dadas por el fracaso de la vía “reformista” que era hegemónica al interior del campo popular. Así lo entendió la izquierda “revolucionaria” que no activó la lucha armada durante todo el periodo del gobierno popular, pero tampoco se preparó para neutralizar el ejercicio de la violencia por parte de la burguesía, limitándose a sostener discursivamente la imposibilidad de arribar al socialismo por la vía pacífica.

Lo anterior permite establecer que los límites para el desarrollo de una estrategia no escapan de las condiciones históricas en que se desarrolla la lucha de clases; conclusión que opera tanto respecto de la estrategia “reformista” construida sobre la base del mito de la estabilidad democrática, como de la estrategia “revolucionaria” abundante en recursos discursivos pero carente de capacidad de implementación y de intervención en los niveles de decisión político-institucional. Ambas estrategias, fracasaron al momento de las definiciones al no lograr calibrar las condiciones políticas reales con el deseo del objetivo estratégico.

 

-la derrota político-militar del 73 y luego en el 86, también significó renuncias al objetivo estratégico del socialismo, dando paso al proceso de “renovación” que toma como referente estratégico la línea del Partido Comunista Italiano de “Compromiso Histórico” enunciada por Enrico Berlinguer-


Virajes tácticos y abandonos estratégicos

A raíz del golpe cívico-militar, la estrategia “reformista” quedó agotada en sus posibilidades de ejecución, formulándose la autocrítica del “vacío histórico” en orden a no haber desarrollado las condiciones para superar en el plano militar el desenlace violento de la crisis del Estado Burgués. A raíz de ello formuló una adecuación táctica denominada “rebelión popular de masas” para poner fin a la dictadura y restablecer la táctica original. Por su parte la estrategia revolucionaria, mutó del diseño insurreccional al de Guerra Popular Prolongada (o de Guerra Insurreccional de Masas, en la variante lautarista). En este punto cabe señalar que ambas expresiones logran articulaciones  tácticas y programáticas que tomó forma en surgimiento del Movimiento Democrático Popular que se diluye en 1987.

Sin embargo la derrota político-militar del 73 y luego en el 86, también significó renuncias al objetivo estratégico del socialismo, dando paso al proceso de “renovación” que toma como referente estratégico la línea del Partido Comunista Italiano de “Compromiso Histórico” enunciada por Enrico Berlinguer. De esta manera las diversas facciones del socialismo y de otros referentes consolidan el viraje de su política de alianzas hacia la Democracia Cristiana, que primero toma forma en la Alianza Democrática y posteriormente en la Concertación, que junto a la derecha consolida el pacto de la transición.

Con el triunfo del NO emergen condiciones que permitirán retomar la estrategia “reformista” pero en un escenario completamente distinto, dificultado por la vigencia del excluyente sistema binominal. Por otro lado comienza a eclipsarse la dimensión militar de la estrategia revolucionaria por efecto de la derrota, postergación o abandono de la misma, relevándose de manera exclusiva la dimensión social, y por tanto, del repertorio de acumulación de fuerzas en el campo de los sectores sociales marginados del modelo económico.

Sin embargo ambas adecuaciones estratégicas de la izquierda no dieron cuenta que se habían quedado sin sujeto. La reconfiguración del modelo de desarrollo desestructuró al sujeto de la estrategia reformista –los trabajadores- por la vía el Plan Laboral, e integró a sus potenciales aliados -la burguesía industrial- a la nueva elite financiera surgida en dictadura; por otra parte desestructuró la base de sustentación de la estrategia revolucionaria – las capas marginales- por la vía del endeudamiento y las políticas asistenciales y focalizadas. Esta situación de aislamiento de la izquierda se prolongó durante toda la década del 90 hasta mediados de la década del 2000 en que logra reactivar su presencia social gracias a la persistencia y dirección en el movimiento estudiantil y la recomposición sindical en el sector primario-exportador.

 

-el objetivo estratégico no puede ser otro que superar el modelo neoliberal para abrir una fase de transición al socialismo sobre la base de un modelo de desarrollo económico, social y ambiental distinto que siente las bases de nuevas relaciones sociales y de producción, orientado hacia la superación del modo de producción capitalista y patriarcal-


El nuevo ciclo político y el surgimiento de una estrategia unificada 

Las grandes huelgas en el sector exportador y las movilizaciones estudiantiles en el periodo 2001-2007 significaron un importante proceso de alza de la lucha social que tiene su zenit el año 2011 y que ha mantenido abierto el ciclo político hasta la actualidad con la emergencia de la crisis del sistema de pensiones. El actual ciclo político tiene por característica el cuestionamiento abierto a las bases estructurales del modelo que comienza a redibujar un sujeto de transformación plural y altamente complejo, atravesado por intereses y contradicciones propias de un modelo incluyente por la vía del consumo pero altamente excluyente en términos distributivos, sociales ambientales y sexuales, en que la desconfianza derivada del abuso sistemático de la elite política y económica dificultan la dimensión política del conflicto por parte de los actores. En segundo término existe una crisis de representación profunda que abre la posibilidad de irrupción de nuevos actores desde la izquierda.

En este escenario, en que se cierne la crisis del paradigma neoliberal, es necesario hilvanar el socialismo como horizonte emancipatorio con la situación concreta. En estos términos el objetivo estratégico no puede ser otro que superar el modelo neoliberal para abrir una fase de transición al socialismo sobre la base de un modelo de desarrollo económico, social y ambiental distinto que siente las bases de nuevas relaciones sociales y de producción, orientado hacia la superación del modo de producción capitalista y patriarcal.

En este orden de cosas la estrategia cobra relevancia, pues explica el cómo puede ser posible dicho tránsito. Por una parte la prolongación del aislamiento institucional y la imposibilidad extra e intra institucional de romper el bloqueo, decantó en el viraje en la política de alianzas de un sector de la izquierda hacia el centro, lo que involucró una maniobra de connivencia orientada a recuperar gradualmente cuotas de influencia en el Estado, que objetivamente es fuente de tensiones en su interior. Por otra parte, tanto la presión inorgánica de la opinión pública como la presión orgánica del cuerpo social movilizado en torno al sistema político de representación, involucró que el año 2014 se derogara el sistema electoral binominal –quemándose el primer fusible de bloqueo institucional- significando un hecho de trascendencia para el devenir estratégico de la izquierda, reflotando la táctica institucional como opción viable de un repertorio que obliga ser más complejo.

-el desafío radica en que las fuerzas de izquierda logren vertebrarse en el campo social e institucional más allá de la posición circunstancial que ocupen en el tablero, posibilitando acuerdos orientados a socavar las bases de sustentación del bloque neoliberal para la apertura democrática-

De esta manera ya no es posible sustentar la táctica como recurso unidireccional y excluyente, pues los hechos han demostrado que tanto la presión de masas sobre el sistema político como la intervención en la disputa institucional son fuente de cambios capitalizables desde la izquierda. El desafío radica en que las fuerzas de izquierda logren vertebrarse en el campo social e institucional más allá de la posición circunstancial que ocupen en el tablero, posibilitando acuerdos orientados a socavar las bases de sustentación del bloque neoliberal para la apertura democrática. En este orden de cosas la estrategia se encuentra en marcha y es posible identificarla como una combinación de repertorios tácticos y de posiciones orientados a la ruptura con el modelo neoliberal y sus blindajes institucionales. A ello denominamos desde Izquierda Libertaria “estrategia de ruptura democrática” que en otras nomenclaturas -igualmente válidas- se traduce como “revolución democrática” o “apertura democrática”.

En suma, la estrategia de la izquierda ha sido unificada por la lucha de masas e institucional contra el modelo neoliberal y se forja con la persistencia en la memoria de repertorios tácticos-estratégicos que se combinan en el ejercicio de la diputa política en todos sus niveles; pero también debe ser la suma de nuestros aprendizajes históricos, de nuestras derrotas político militares, de la cuales debemos extraer lecciones y traducirlas en aspectos tácticos de un diseño que no puede construirse sobre la base de mitos o supuestos que no tienen asidero en la historia.

 
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