Más derechos y más democracia:

Un problema indivisible

Tania Madriaga Flores, Dirección Ejecutiva Movimiento Autonomista

Directora Corporación Comunes

Socióloga, magíster en sociología

 

La crítica al modelo neoliberal en Chile va en aumento, desde los noventa se estructuran resistencias que se han ido multiplicando y han pasado a estados mayores de masividad y politización. Aquella división impuesta entre lo social y lo político, que nos tocó enfrentar en esos años, llegó con la dictadura y se consolidó con la transición, pero hoy ha comenzado a resquebrajarse. Este tiempo sirvió para que el modelo diera cuenta de sus logros pero también de sus límites y sus costos. El discurso hegemónico que nos invitaba a ascender individualmente mediante el emprendimiento y la competencia, el bienestar propio y de nuestra familia en el mercado, se ha vuelto cada vez más insostenible.


En ese contexto se multiplican luchas por derechos sociales y por soberanías territoriales, y las comunidades se organizan a favor de la dignidad humana y de su bienestar. La distancia impuesta entre lo social y lo político se comienza a cerrar, se conectan nuevamente las luchas por los derechos, con la necesidad de combatir la desigualdad y poner en cuestión el orden social. De esta manera se abre la posibilidad de constitución de un nuevo sujeto colectivo que constituya un nuevo lugar en el sistema político chileno del Siglo XXI. 
Para entrar a la profundidad de este debate propongo volver a leer a Marx, quien tempranamente nos invitó a observar los ejercicios de cooperación social en los distintos modelos de sociedad, es decir las relaciones sociales que se tejen al calor de los procesos de producción y reproducción de la vida. En el marco de la sociedad capitalista estos se basan en la división social del trabajo, se complejiza la sociedad, pero el espacio para cada ser humano en ella se limita a solo una parte y se limita así también el acceso a los productos simbólicos, económicos, culturales, etc. de dicho orden cooperativo. 

-el discurso hegemónico que nos invitaba a ascender individualmente mediante el emprendimiento y la competencia, el bienestar propio y de nuestra familia en el mercado, se ha vuelto cada vez más insostenible-


El lugar que ocupamos en la división del trabajo marca el nivel de extrañamiento que se produce entre los intereses que tenemos como individuos y nuestras comunidades de referencia más cercanas, respecto a los intereses de todos los individuos entre sí. Esta última dimensión colectiva, que hace referencia a la totalidad, se nos presenta como dada, se establece como hegemónica y nos obliga a abordar la dimensión política global de la vida en sociedad, es decir el problema del poder y su distribución.


Dicen Marx y Engels en La Ideología Alemana: “La producción de la vida, tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación se manifiesta inmediatamente como una doble relación –de una parte como una relación natural y de otra como una relación social– social en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de distintos individuos, de cualquier modo y para cualquier fin”.


Las relaciones sociales de cooperación, se encuentran entonces erigidas sobre nosotros tanto a través de nuestra interdependencia, como del relato sobre el sentido y la pertinencia del lugar que cada uno ocupa. Este relato expresa un interés y un conjunto de relaciones sociales reales, el interés del capital, que se presenta como interés común y asume la forma de totalidad-Estado. Los gobernantes apropiados de ese lugar nos informan respecto a cómo interpretar nuestra experiencia de vida, nos educan respecto al conocimiento sobre el mundo y las posibilidades que tenemos en él.


El Estado se presenta así como representante de la comunidad toda, como receptáculo y vehículo del interés común, por lo que quienes lo gobiernan encuentran en él una herramienta muy útil para aumentar su capacidad de convocatoria política al conjunto de la sociedad, y de ese modo fortalecer una propuesta de cooperación que beneficia al sector de la sociedad cuyos intereses representa.
Pero el poder no solo es dominio, también es la capacidad de establecer modos de cooperación. Por tanto, nuestra experiencia en el mundo también nos permite asumir críticamente esta contradicción, que se impone mediante la división del trabajo, entre el interés particular y el interés común que se representa en el Estado, en cada momento histórico. Este poder social que existe en el acto de la cooperación, de quienes no tienen el poder del capital, se vuelve poder político cuando asume la contradicción con el orden social. 
Es así como el poder social se moviliza de diversas maneras a través de ejercicios de cooperación a contramano para organizar la resistencia y la transformación. Esta forma de cooperación ha ido adquiriendo distintos perfiles en cada momento histórico. Se moviliza como lucha por transformar las condiciones de acceso a los productos del modo de cooperación o como lucha por transformar el modo de cooperación mismo. 

-hay que avanzar entonces en construir el camino, articularlo en prácticas y asumir así que los derechos solo se pueden entender como tales si se vuelven interés común, cuando el poder social de quienes lo exigen se instala como poder político, como expansión democrática-


Las primeras, las luchas por acceso a los productos del modo de cooperación capitalistas o luchas por los derechos sociales, representan una dimensión de la movilización que afecta el modo de cooperación en la medida en que corre los límites que ese modo de cooperación impone respecto a los intereses que legítimamente, respecto al interés común, pueden perseguir quienes no se encuentran en lugares privilegiados de la división del trabajo. Las segundas, las luchas por la expansión o recuperación de soberanía o también llamadas luchas democráticas, ponen el acento en la distribución del poder, en las relaciones de cooperación que se establecen, y buscan devolver la capacidad política al poder social buscando correr los límites que se le imponen a las mayorías para constituir su interés en interés general.  Las luchas por los derechos y las luchas democráticas forman parte de un mismo problema indivisible, a saber: el del modo de cooperación.


Hay que avanzar entonces en construir el camino, articularlo en prácticas y asumir así que los derechos solo se pueden entender como tales si se vuelven interés común, cuando el poder social de quienes lo exigen se instala como poder político, como expansión democrática. Es decir, como debate legítimo sobre el orden social e instala en la disputa por la hegemonía a un nuevo interés distinto al del capital, como interés común de todos los individuos.

 
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