Breve canción para la esperanza

Cómo escribirte, compañera, cuando en estos tiempos de andar con las defensas arriba nos hemos hecho esclavas de las palabras largas, de las declaraciones públicas, de esa voz de líder que, pasado su turno para hablar, carraspea tímidamente y cierra los ojos un rato. Pienso que nos hace falta volver a la ternura de las palabras simples que se dicen cualquier día, y por eso quise escribirte esta carta. No quisiera que tuviéramos miedo cuando aclare el día o que nos transpiraran las manos, pero luego, los ojos asustados y los dedos húmedos son parte de lo que nos ha tocado ser, ¿no? Yo misma siento que me cuesta sostener el lápiz y la mirada y debiera estar escribiendo firme y con seguridad intentando levantar a las tropas de abatidos. ¿Cómo se sana la piel de las quemaduras del fuego amigo? ¿Cómo vuelven a confiar las manos? ¿Cómo se es, a la vez, convulsión y convicción? Pienso que es normal que a ratos nos ronde la desazón. Hemos venido a ofrecer nuestro mejor esfuerzo por lo que pensamos que es justo, y por los sueños compartidos que llevamos impresos. Nos hemos tropezado por zancadillas propias y ajenas, y en el suelo nos hemos hecho una idea de nuestra fragilidad rasmillada. Además, en este desafío, en el andar cotidiano y gris al que se reduce, se nos viene encima el cansancio, el dolor, la rabia contra los oportunistas y los mezquinos, o peor todavía, se nos puede pasar colada, con pérdidas diarias e imperceptibles, la alegría. Pero escucha, compañera. Nos toca un camino que puede parecer inabarcable, pero a la vez es precioso. No llegamos para ser golondrinas de temporada que, ido el sol estival, partirían a mejores costas. No llegamos tampoco para ser estandartes, listas para anotar nuestros nombres en las crónicas que queden de nuestros tiempos. Rabiamos, lloramos, reímos, dormimos cinco minutitos más, compartimos pan y cama. Somos personas, tan únicas y tan corrientes, tan uno mismo todos y todas. Detrás de mí, de ti y de todas hay corazones latiendo de amor y viviendo todo lo bien o todo lo mal que se puede vivir en esta tierra. Lo buscado, que es querer hacer de esta tierra una para todas y todos, viene de nuestra sonrisa humilde y dispuesta a seguir soñando. El carnaval de la vida nueva a veces también se viste de tristeza y de cenizas, pero no llores: canta. Tu canto, que es nuestro canto, llegará hasta donde lleguen volando todos los pájaros, que luego volverán trayendo nuevas razones e intuiciones, nuevos colores y luces para continuar cada día y cada noche.

Poseía, Ximena Peralta / Ilustración, Paulette Jara

 
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