Por una perspectiva socialista de la lucha por los derechos fundamentales (1ra parte)

Felipe Larenas, abogado. Militante Movimiento Autonomista.

“En ningún momento de la historia de la humanidad ha existido tal distancia entre pobres y ricos en el mundo occidental, entre norte y sur a escala global. Ningún grado de progreso permite ignorar que nunca antes en términos absolutos tantos hombres, mujeres y niños han sido subyugados, matados de hambre o exterminados de la tierra”[1].

 

LA PARADOJA DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES

La libertad de expresión, de asociación, la protección de la propiedad privada, el derecho a voto, la no discriminación, el derecho al trabajo, el derecho a la asistencia, el derecho al medio ambiente sano, a la autonomía de los pueblos originarios o el derecho a exigir una educación pública, gratuita y de calidad, entre muchos otros, han sido pasionales proclamas históricas –llenas de sangre, cuerpos, ideas y organizaciones- articuladas en el lenguaje de derechos que, siendo atribuibles a toda persona sólo por el hecho de serlo, se han denominado derechos humanos o fundamentales[2]. Los procesos de generalización, universalización, internacionalización y hoy especificación de los derechos impulsados desde las revoluciones francesa y norteamericana hace más de doscientos años[3], han implicado que, a la fecha, las sociedades modernas occidentales consideren como máximo criterio de legitimidad política el cumplimiento efectivo de las promesas contenidas en ellos para evaluar el éxito o fracaso de sus comunidades políticas, cuya meta sería, al final del día, “generar niveles iguales o equivalentes de libertad para todas y todos”. Como bien explica Ricardo García Manrique “Los derechos fundamentales suponen una determinada concepción de la justicia, caracterizada por dos ideas básicas: la radical igualdad fáctica de todos los seres humanos –lo que viene a significar que las necesidades y capacidades de los seres humanos son básicamente las mismas-, la otra es una determinada concepción de “vida buena”, a decir, una vida definida por la libertad, entendida como la posibilidad de decidir el tipo de vida que cada uno quiere llevar. A estas dos ideas básicas se une la creencia (técnica) de que la libertad es mejor servida por la atribución de los derechos. Por estas tres razones atribuimos derechos fundamentales a todas las personas” [4]. Por ello, al igual que en las sociedades europeas continentales, las latinoamericanas hemos utilizado los textos constitucionales tanto como criterios de legitimidad del orden social establecido –en nuestro caso, la Constitución de 1980-, como mecanismo para garantizar que la comunidad política que se constituye efectivamente cumpla con las promesas contenidas en estos derechos: establecemos la forma y el contenido específico de aquellos derechos que consideramos fundamentales para vivir dignamente (voto universal, derecho a la vivienda, al trabajo, etc.), el cómo queremos tomar las decisiones para hacerlos efectivos (si queremos democracia, autoritarismo, tecnocracia, etc.), cómo queremos administrar estas decisiones (desde el Estado, el mercado, la comunidad, todas juntas, etc.) y, particularmente importante, cómo queremos modificar las reglas del pacto político constituyente en caso de que no esté cumpliendo sus objetivos (plebiscito, asamblea, etc.).

-tanto la filosofía política, la filosofía del derecho como la economía progresistas de las últimas cuatro décadas han reducido sus análisis y propuestas a (...) garantizar los derechos vulnerados en esta nueva forma de producción que adquiere el capitalismo más que a pensar en cómo los derechos pueden aportar a una ofensiva de la clase subalterna que genere e implemente una nueva forma de organización social-

Sin embargo, si el objetivo es generar “niveles iguales o equivalentes de libertad”, la cita expuesta bajo el título de este ensayo expresa una notable paradoja. Como nunca antes en la historia de la humanidad, tantas personas han estado sujetas a complejos mecanismos de protección, promoción y garantización de derechos que aseguren su “libertad e igualdad” frente al Estado y frente a terceros y, sin embargo, como nunca antes “…tantos hombres, mujeres y niños han sido subyugados, matados de hambre o exterminados de la tierra”. Millares de referentes intelectuales, organizaciones sociales, políticas, nacionales e internacionales nos advierten -tal como plantea Hobsbawn- que este periodo es “el más extraordinario y terrible, a la vez, de toda la historia”. En cada rincón de mundo globalizado, las reivindicaciones y promesas enarboladas en el lenguaje de los derechos humanos por los revolucionarios liberales del siglo XVIII, parecieran ser simples justificaciones para intervenciones militares, acumulación de riquezas de parte de corporaciones internacionales, complejos entramados de corrupción política, represión o apaciguamiento de manifestaciones sociales, destrucción del ecosistema, políticas de segregación racial, sexual y espacial, tortura y persecución penal a determinados sectores de la población, entre muchas otras cosas realizadas en el nombre de la libertad, igualdad y fraternidad  de las personas. El desborde de poderes públicos y privados pareciera ser una constante de los últimos cuarenta años, a pesar de que como nunca antes en la historia tantos seres humanos habían adscrito –a través de tratados internacionales expresados en cartas constitucionales- al ideario de los Derechos Humanos (y, no será tarea de este ensayo, explicar que Chile está lejos de ser la excepción)[5].

 

En lo que sigue, más que aportar una solución a la paradoja –cuestión que sólo es posible de realizar al calor de procesos colectivos de lucha social y política- intentaré otorgar algunos elementos teóricos que permitan analizarla correctamente. Digo “correctamente” porque considero que el gran problema de las y los explotados de nuestra coyuntura histórica –que se enmarca dentro del modo de producción capitalista post fordista[6]- es que seguimos atrapados ideológicamente en la tesis del “fin de la historia”[7]. Tanto la filosofía política, la filosofía del derecho como la economía progresistas de las últimas cuatro décadas han reducido sus análisis y propuestas a procedimientos formales y correctivos de las violaciones de derechos humanos más que a entender la totalidad de las relaciones sociales que producen la existencia de éstas; a garantizar los derechos vulnerados en esta nueva forma de producción que adquiere el capitalismo más que a pensar en cómo los derechos pueden aportar a una ofensiva de la clase subalterna que genere e implemente una nueva forma de organización social[8]. De ahí que la propuesta más avanzada que existe -la implementación del Estado Constitucional y Democrático de Derechos, supuesta síntesis entre el Estado Liberal de Derechos (que garantiza los llamados derechos civiles y políticos) y el Estado Social de Derechos (que garantiza los llamados derechos sociales, económicos y culturales)- sólo pueda servir de mecanismo legitimador del patrón de acumulación neo liberal en tanto se naturaliza como parte integrante de la relación entre el Estado y la sociedad civil.  Se ha llegado al absurdo, por ejemplo, de que hoy en Chile la discusión sobre la garantización de los llamados derechos sociales gira en torno a la cantidad de gasto público a emplear en bienestar más que sobre el sentido que tiene ese bienestar y sobre la naturaleza y alcance a través de los cuáles se garantiza (por ejemplo, en la discusión sobre gratuidad en la educación superior o en el mecanismo para establecer pensiones dignas).

-el carácter revolucionario de las demandas políticas de la burguesía articuladas en los derechos fundamentales había perdido su carácter emancipador para ser ahora mecanismos de legitimación del orden capitalista y, por ende, de la posición privilegiada de acumulación de poder y riquezas que ocupaban en la sociedad-

Para salir de la hegemonía de la pequeña política[9] debemos ser capaces de “pensar al revés” de las categorías ideológicas que nos ha impuesto la clase social dominante creando nuestras propias categorías y herramientas de lucha. Es por ello que a continuación intentaré explicar desde un punto de vista de las y los explotados –desde el materialismo histórico[10]-, la tensión entre “derechos fundamentales y capitalismo” en las distintas fases del patrón de acumulación capitalista[11] y, así, otorgar herramientas teóricas que permitan elucidar bajo qué condiciones los derechos fundamentales podrían servir como horizonte emancipador de las y los explotados en el Chile de hoy más que como mecanismos de legitimación de capitalismo.

EL ESTADO LIBERAL DE DERECHOS Y LA CRÍTICA MARXISTA

Los derechos humanos surgen en un contexto concreto y preciso de relaciones sociales que comienza a expandirse por todo el globo –desde mediados del S.XV hasta nuestros días- bajo el nombre de lo que llamaremos Modernidad Occidental Capitalista (MOC). Si bien la lucha por conseguir “nuevos títulos legales” es aún más antigua en nuestra cultura[12], la MOC se caracteriza precisamente por cómo la clase social que luchó contra el feudalismo (la burguesía) consiguió expandir a otras culturas –como ninguna otra lo ha hecho- su propia forma de organizar la relación entre los seres humanos y la naturaleza (el capitalismo) a través de la promesa de emancipación contenida en los derechos (fundamentales). El punto de inicio de esta expansión, es la victoria de la burguesía revolucionaria de finales del siglo XVIII frente al orden feudal cuando imponen el reconocimiento de los derechos civiles y políticos. Así, cuando los norteamericanos proclamaron universalmente la “la vida, libertad y búsqueda de la felicidad” y los franceses la “igualdad, libertad y fraternidad” de las personas, lo que se garantizaba  era la protección del individuo (considerado como previo al estado) frente a la arbitrariedad del estado (considerado como una comunidad política ficticia) para realizar su vida en libertad, siendo especialmente importante para ello, proteger la propiedad privada y la seguridad individual para la libre circulación de las mercancías, con la finalidad de que “la mano invisible del mercado” produjera niveles “iguales o equivalentes de libertad”. De esta forma, el respeto a estos derechos (principalmente el de propiedad) se convirtió en el fundamento de la autoridad de los nuevos sistemas políticos modernos[13].

Sin embargo, como acertadamente indicaba Marx, el fetiche que producía la circulación de las mercancías en la producción material de la realidad[14], operó de la misma forma con los mecanismos para legitimarla  -por ejemplo, los derechos-[15]. Es así, como entre la creciente contradicción entre lo que la burguesía prometía y las condiciones materiales de existencia de las masas, nace la tradición política socialista. Por un lado, las y los socialistas criticaban el énfasis unilateral (porque miraba al individuo aislado de la comunidad y dejaba fuera a la consideración del individuo situado) y formalista (porque enfatizaba las condiciones formales para el ejercicio de la libertad sin pronunciarse acerca de las condiciones sustantivas) de los derechos civiles y políticos[16]. El Estado de Derecho sólo se utilizaba como mecanismo para exigir deberes a los trabajadores y respetar derechos de la burguesía pero no al revés. Así, el carácter revolucionario de las demandas políticas de la burguesía articuladas en los derechos fundamentales había perdido su carácter emancipador para ser ahora mecanismos de legitimación del orden capitalista y, por ende, de la posición privilegiada de acumulación de poder y riquezas que ocupaban en la sociedad. De tener un carácter político emancipatorio, los derechos pasaron a ser una mera técnica jurídica –en la forma de derechos subjetivos[17]- para canalizar los conflictos individuales sin importar las relaciones sociales en que estos se generan.

-desde la segunda década del siglo XX, la oligarquía burguesa junto con el nuevo empresariado industrial empujaron una adaptación a la crisis del Estado Liberal de Derechos que, acompañada por una modificación del patrón de acumulación capitalista (que se conocería luego como fordismo), logró traducir en lenguaje jurídico las demandas políticas del ideario socialista-

 

Por otro lado, ante el formalismo igualitario e individualista del liberalismo, el socialismo demandaba la constitución de una comunidad política basada no en el enfrentamiento con otros, sino que basada en la idea de solidaridad, donde la realidad fuera producida de manera colectiva y, así, respondiera a los intereses de todas y todos, no de una grupo sobre otro. Para las y los socialistas, la promesa contenida en los derechos fundamentales implicaba una socialización radical del poder –la disolución del Estado en la comunidad política- y de la riqueza –su producción y redistribución colectiva–. Esta idea tuvo un impacto tremendo en la configuración de los derechos fundamentales y, así, en la forma que tomó la lucha política de las y los explotados. En un primer momento, el uso de la lógica de los derechos comienza a ser usada por la clase trabajadora de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX en los mismos términos que la usó la burguesía revolucionaria contra el feudalismo –políticamente- para exigir una reconfiguración radical del pacto político constituyente –en clave socialista- y así garantizar determinados bienes que para ella eran especialmente relevantes –trabajo digno, sistema público de salud y educación, entre otras-. Podríamos decir, que usó la herramienta de los derechos de manera no fetichizada[18]. Así, el Estado Liberal de Derechos vivía momentos de agonía pues no lograba encuadrar el ideario socialista en la lógica jurídica de los derechos, en tanto la “idea de solidaridad, expresada comunitariamente en el lema “cada uno de acuerdo a sus capacidades, cada uno de acuerdo a sus necesidades” (…) es una que enfatiza la obligación comunitaria de atender al bienestar de cada uno de sus miembros. En la correlación derecho-deber la prioridad justificatoria se invierte cuando se trata de la idea de solidaridad: la solidaridad no puede ser expresada primariamente en términos de derechos (subjetivos)”[19].

Sin embargo, las consecuencias de institucionalizar el ideario empujado por los socialistas hubiera significado acabar con la burguesía como clase social dominante en tanto implicaba una modificación radical de la relación entre el Estado y la sociedad civil (resignificando los derechos en clave política socialista) en donde sus privilegios y posiciones de poder frente a las mayorías se diluían en nombre de los intereses públicos y, ahí, la mercancía capitalista no puede circular con la libertad necesaria para la apropiación privada de la riqueza. Ante la posibilidad de la pérdida de sus privilegios y su posición dominante –de ser eliminado como clase-, quien va ser extinguido toma acciones para no morir. Por ello, desde la segunda década del siglo XX, la oligarquía burguesa junto con el nuevo empresariado industrial empujaron una adaptación a la crisis del Estado Liberal de Derechos que, acompañada por una modificación del patrón de acumulación capitalista (que se conocería luego como fordismo), logró traducir en lenguaje jurídico las demandas políticas del ideario socialista. Esta “ofensiva-defensiva” de la clase social dominante se cristalizó en el nacimiento de los partidos políticos social demócratas y la instalación de los Estados Sociales de Derechos para la garantización de los llamados derechos sociales.

-lo político se recupera a través de la experiencia, de luchas sociales que vayan apropiándose materialmente de categorías que no respondan a la mediación de mercancías (...) hay que “pensar y actuar al revés”, lo que en clave socialista implica imaginar formas colectivas de producir la realidad-

 

 

Como se verá en la segunda parte de este breve ensayo –y tal como ha sido tratado en las columnas sobre el mismo tema en la revista Con(di)vergencia[20]- durante el siglo XX los derechos sociales fueron herramientas efectivas de lucha de las clases populares para el avance en la democratización del poder y de la riqueza. La regulación del trabajo, el fortalecimiento de los sistemas públicos de salud y educación así como del aparataje estatal en general, demostraban la importancia que se le asignaba al Estado como garante de las condiciones comunes de existencia para la auto producción de las condiciones de vida –y por ende de lucha- de los históricamente explotados. De esta forma, los Estados Sociales de Derechos fueron entendidos como un mecanismo de acceso a la toma de decisiones sobre lo público (a través de los incipientes partidos políticos de masas) que permitieran una redistribución tanto del poder como del excedente social producido por las nacientes economías industriales. Sin embargo, al igual que en la crisis del Estado Liberal, la des juridificación de las demandas políticas (ahora desde el Estado mismo vía partidos políticos) y la amenaza de des fundamentalización del derecho de propiedad (proponiendo formas colectivas de producción garantizadas por el Estado), terminaron por articular una resistencia global desde la burguesía (particularmente desde el neo conservadurismo) que culminó en el proceso de internacionalización de los derechos, en las dictaduras latinoamericanas y, finalmente, en la implementación de un nuevo patrón de hegemonía (Estados Subsidiarios latinoamericanos, Estados Democrático Constitucionales europeos o Estados Totalitarios orientales) y acumulación capitalista (post fordismo) hoy conocido como neo liberalismo.

CONLUSIONES E INQUIETUDES PARA LOS DERECHOS FUNDAMENTALES

Como explicaba al principio del texto, hablar de derechos fundamentales implica hacer un análisis de las instituciones más importantes de nuestra cultura. Por ello, al analizar la lógica de los derechos, no estamos sólo revisando su dimensión jurídica, sino que estamos intentando dilucidar cómo esta dimensión de la vida aporta a la perpetuación o superación de la MOC. Al ser tarea de la segunda parte proponer cómo esta herramienta podría utilizarse para lo segundo (particularmente los derechos sociales), ahora es necesario sentar algunas ideas que son clave para lo anterior; para no perderse en la innumerable cantidad de dispositivos ideológicos que han sido instalados como lugares comunes para que los derechos fundamentales aporten a ser una de las tantas causas de la paradoja descrita bajo el título.

Una primera conclusión, es la necesidad de recuperar la dimensión política de los derechos fundamentales. Es esto lo que ha permitido, en determinados momentos de movilización y poder de sectores subalternos, empujar los límites de lo posible en nuestra cultura. Sin embargo, no basta, como plantea Fernando Atria, “hablar al revés” los derechos para recuperar su matiz político[21]. Es necesario pero en ningún caso suficiente. Simplemente declararlos sin pensar en cómo ganar espacios de poder desde los explotados o cómo las condiciones materiales aportan a su desarticulación social, permite la existencia de políticas progresistas que finalmente legitiman nuevas formas de dominación. Así nacieron los Estados Sociales, los Estados Democrático Constitucionales europeos, los tratados internacionales de derechos humanos, las políticas de focalización del gasto fiscal, la actual reforma a la educación superior chilena, al estatuto docente o a las AFP. Lo político se recupera a través de la experiencia, de luchas sociales que vayan apropiándose materialmente de categorías que no respondan a la mediación de mercancías. Por ello hay que “pensar y actuar al revés”, lo que en clave socialista implica imaginar formas colectivas de producir la realidad ¿Cómo la técnica de los derechos puede aportar a esto sin caer en el formalismo unilateral del liberalismo? ¿Cómo ligarlo a experiencias sociales concretas y sacarlo de la academia o la burocracia estatal?

-el gran problema que tenemos hoy las y los subalternos chilenos es que aún no tenemos un horizonte político-ideológico con el que podamos ganarle al neo liberalismo y, por ende, cuando exigimos algo en clave de derechos, es fácilmente cooptable por quién controla el Estado-

La segunda, es dar por sentado la relación intrínseca que existe entre el Estado de Derechos y el capitalismo como forma de coordinación social. Como dice Portantiero –recuperando al análisis del Estado marxista a través de Gramsci -, es clave entender la relación que toma el Estado con la sociedad civil en las distintas fases de acumulación del capital (patrón de hegemonía) para entender cómo abordar los derechos como herramientas de emancipación y no de legitimación desde los sectores explotados. Sólo de esta forma nos será posible analizar qué estamos demandando hoy cuando exigimos derechos sociales ¿volver a los Estados Sociales? ¿Volver a la industrialización? ¿Que en treinta años más exista de nuevo una clase obrera empoderada? ¿Es acaso esto posible en el Chile del siglo XXI? ¿O simplemente estamos demandando democratizar el Estado Subsidiario de Derechos?

Desde mi punto de vista las respuestas son más “no” que “sí”. El gran problema que tenemos hoy las y los subalternos chilenos es que aún no tenemos un horizonte político-ideológico con el que podamos ganarle al neo liberalismo y, por ende, cuando exigimos algo en clave de derechos, es fácilmente cooptable por quién controla el Estado. Exigir más y mejores derechos sin una alternativa política real que se traduzca en una mejora de las condiciones materiales de las personas en clave socialista (o al menos que apunte hacia allá), es igual de infértil que disputar el Estado sin sociedad detrás. Lamentablemente, la única alternativa que tenemos a la vista es el de los viejos Estados Sociales y, como se verá en la segunda parte, uno de los problemas centrales para la izquierda latinoamericana es que no tenemos cómo generar formas alternativas de producción y consumo si no tenemos como competir con la producción industrial de las sociedades capitalistas avanzadas (particularmente con China). O, en términos jurídicos, la demanda por derechos sociales se ha centrado históricamente más en la distribución del excedente que en la forma de producirlo. En un contexto de concentración económica a escala global es central que comencemos a pensar en esta dimensión del problema de los derechos fundamentales para superar la gran paradoja de la MOC.

 

Referencias

[1] Douzinas, Costas. “El fin(al) de los derechos humanos”. Anuario de Derechos Humanos. Nueva Época. Vol. 7. T. 1. 2006. p, 311.

[2] A diferencia de la noción de derechos humanos, el término derechos fundamentales engloba al mismo tiempo los conceptos de Estado de Derechos y democracia, cuestión que nos posiciona inmediatamente en el escenario de la disputa política dentro de los marcos del Estado nacional. Cada vez que se utilice este concepto en el ensayo se estará refiriendo al conjunto de estas instituciones (pilares del imaginario de la modernidad).

[3] La generalización hace referencia a la declaración de universalidad de los derechos durante el siglo XVIII. La universalización, al proceso de expansión de los derechos fundamentales –a las colonizaciones europeas al sur del mundo-. La internacionalización, a su consagración en tratados internacionales desde la segunda mitad del siglo XX. La especificación, al fenómeno de las últimas décadas que consiste en la exigencia de creación de nuevos derechos según el grupo particular al que se pertenezca (etnia, género, sector social, etc.).     

[4] García Manrique, Ricardo. “DERECHOS SOCIALES E IGUALDAD” en “DEMOCRACIA Y DERECHOS FUNDAMENTALES DESDE LA FILOSOFÍA POLÍTICA. Congreso estudiantil de derecho y teoría constitucional 2003-2005-2007: artículos seleccionados”. Primera Edición, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 2009, p. 294.

[5] Sobre las consecuencias económicas, sociales, políticas y culturales del neoliberalismo chileno revisar Moulian, Tomás. “Chile: La Anatomía de un Mito”. LOM Ediciones, Santiago, 1997; Mayol Alberto. “El derrumbe del modelo”. LOM Ediciones, Santiago, 2012; Martelucci, Danilo y Araujo, Kathya. “Desafíos comunes. Retratos de la sociedad chilena y sus individuos”. LOM Ediciones, Santiago, 2012; Ruiz, Carlos y Boccardo, Giorgio. “Los chilenos bajo el neo liberalismo”. Co edición Fundación Nodo XXI y Ediciones El Desconcierto, Santiago, 2014. 

[6] Para una caracterización de su modo de operar ver Harvey, David. “La condición de la posmodernidad”. Amorrortu Editores S.A, Buenos Aires, 1990 y en Harvey David “Breve historia sobre el neo liberalismo”. Editorial Akal, 2007.  

[7] Este concepto guarda relación con la tesis de Francis Fukuyama de fines de la década de los años ochenta de que, posterior a la caída de los socialismos reales, la ideología capitalista se demostraría irremediablemente correcta.

[8] “Estas reducciones conceptuales, reflexivas y seudo-distributivas funcionan, no tanto como construcción de condiciones para la eliminación de tales injusticias, opresiones y exclusiones, sino como mecanismos de captura de nuestras capacidades de lucha por el acceso generalizado e igualitario a los bienes exigidos para poder llevar adelante una vida digna de ser vivida. Frente a tales propuestas teóricas e ideológicas, necesitamos desde el principio afirmar nuestra diferencia y proponer otras vías” en Herrera, Joaquín. “Los derechos humanos como productos culturales. Crítica al humanismo abstracto”. Ediciones Catarata, 2005.

[9] Este concepto fue acuñado por Antonio Gramsci para evidenciar cómo lo que parecieran ser discusiones ideológico-políticas sustantivas, son debates permitidos por la ideología dominante (la gran política) para encuadrar la lucha política en términos que no produzca un avance de las y los subalternos. Para una revisión del concepto en el artículo Coutinho, Carlos. “La era neo liberal y la hegemonía de la péquela política” en Drago Claudia, Moulian Tomas y Vidal Paula (compiladores). “Marx en el siglo XXI. La vigencia del(os)marxismo(s) para comprender y superar el capitalismo actual”. LOM Ediciones, 2012. pp.183-196.

[10] Para una justificación del materialismo histórico como paradigma filosófico a utilizar en Coutinho, Carlos Nelson. “Marxismo y política. La dualidad de poderes y otros ensayos”. Editorial LOM. 2011; Orellana, Víctor. “¿Qué le dice marx a los nuevos luchadores sociales?” en http://www.izquierdaautonoma.cl/teoria-que-les-dice-marx-a-los-nuevos-luchadores-sociales/

[11] “La historia del capitalismo es una historia de transformaciones que califican no sólo las modificaciones internas del grupo dominante en su relación con la economía (pasaje del predominio de una a otra forma del capital en el proceso de reproducción), sino también la articulación de este proceso en “etapas” del capitalismo con la asimismo cambiante presencia de las clases subalternas. Analíticamente, cada fase  del capitalismo supone una relación entre estado y economía pero también entre estado y masas; modificaciones en el patrón de acumulación pero también en el patrón de hegemonía” en Portantiero, Juan Carlos: “LOS USOS DE GRAMSCI” (Folios Ediciones S.A), p. 10.

[12] Como explica Eduardo Aldunate, la reivindicación de derechos se remonta a la Antigüedad. Revisar en Aldunate, Eduardo. “Derechos Fundamentales”. Legal Publishing, Santiago, 2008. pp. 4-36. 

[13] “La Declaración solemne de derechos fundamentales significa el establecimiento de principios sobre los cuales se apoya la unidad política de un pueblo y cuya vigencia se reconoce como el supuesto más importante del surgimiento y formación incesante de esa unidad; el supuesto que –según la expresión de Rudolf Smend- da lugar a la integración de la unidad estatal” en Schmitt, Carl. “Teoría de la Constitución”. Editorial Alianza Universitaria Textos, Madrid, 2001, p. 167.

[14] Para una correcta explicación al respecto en Harvey, David. “17 contradicciones del capitalismo”. Editorial IAEN, Quito, 2014.

[15]  “En resumen, al contrato social, ficción fundante de los derechos humanos, subyace una relación económica: la producción mercantil. La producción mercantil es el nudo lógico que engarza las relaciones económicas, relaciones jurídicas, Estado y moral en un solo “sistema social”. El funcionamiento de las relaciones mercantiles implica la efectividad de los derechos humanos como norma general de la organización social. O, lo que es lo mismo, los derechos humanos reflejan la lógica de la producción mercantil como moral social (…) Es la referencia implícita a la producción mercantil la que permite a los países capitalistas desarrollados recurrir a los derechos humanos como norma social” en “El significado de los derechos humanos en los países capitalistas desarrollados” en Lechner, Norbert. “Obras I, Estado y Derecho”, México FCE, FLACSO, 2012. p. 485.

[16] “El desarrollo capitalista provoca un cambio de la conciencia. La regulación de la producción y de la distribución ya no está sujeta a prescripciones de la religión o tradición, sino que aparece como resultado de la voluntad humana. La riqueza social es producto del trabajo y de la voluntad individual. El individuo toma conciencia de ser sujeto autónomo. Simultáneamente, sin embargo, la ley del mercado ignora la subjetividad. El movimiento de oferta y demanda ocurre a espaldas del individuo. Las voluntades individuales son filtradas, procesadas y redefinidas por una mano invisible. El iusnaturalismo da cuenta de este doble proceso, consagrando el individualismo sin consideración de los intereses concretos de los individuos” en Ibíd. p. 480.

[17] La idea de tener derecho –subjetivo- a algo hace referencia al mecanismo por el cual una persona reclama al Estado –a través de tribunales de justicia u órganos administrativos- el cumplimiento de una obligación que otro (a) tiene respecto de esta (reclamo mi derecho a votar, al acceso a educación o a que me devuelvan el televisor robado). Es un mecanismo de protección que se encuadra dentro de la lógica liberal –“fechitizada”- de entender la comunidad (la negación del otro), en tanto las consecuencias de que un individuo reclame para sí ese bien que le fue quitado es, al mismo tiempo, una demanda unilateral y formalista cuando se reclama jurídicamente y no políticamente, pues las condiciones por las cuales realiza tal reivindicación así como sus consecuencias –“externalidades”- no se toman en cuenta. En resumidas cuentas, no hay relaciones sociales, no hay lógicas de poder ni moral que quepa dentro de los marcos de la demanda jurídica. Para una correcta explicación en este sentido, ver Atria, Fernando. “¿Existen los derechos sociales?”. http://www.derechoshumanos.unlp.edu.ar/assets/files/documentos/existen-derechos-sociales-fernando-atria.pdf y Ferrajoli, Luigi. “Derechos y garantías. La ley del más débil”. Editorial Trotta. Madrid, 2001.

[18] “En otras palabras, la tarea del socialismo es la abolición de las relaciones mercantiles y del fetichismo que ellas engendran. Ello implica reconocer su existencia. Porque el proyecto socialista descubre el misterio del fetichismo, puede someter la distribución del trabajo colectivo de la sociedad a las necesidades de los hombres. Porque conoce el movimiento de las mercancías, ya no tiene que someterse ciegamente a él. Ello da lugar a una redefinición de los derechos humanos: ya no regulan la práctica social en función de la producción mercantil, sino que indican la organización social a la cual debe servir la relación económica” en Lechner, Norbert. “Obras I, Estado y Derecho”, México FCE, FLACSO, 2012. p. 489.

[19] En Atria, Fernando. “¿Existen los derechos sociales?” http://www.derechoshumanos.unlp.edu.ar/assets/files/documentos/existen-derechos-sociales-fernando-atria.pdf, p.18.

[20] http://www.fundsintesis.cl/n2-columna-tania-madriaga http://www.fundsintesis.cl/n2-columna-luis-thielemann http://www.fundsintesis.cl/n2-columna-edison-ortiz 

[21] Atria, Fernando. “La Constitución tramposa”. Ediciones LOM. Primera edición, 2013.

 
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